Historia del Jiu-Jitsu
Un arte de samurái sin trabajo, un nombre que viajó mejor que el arte, y una familia brasileña que se especializó en el suelo porque de pie la ganaban. El jiu-jitsu que hoy se practica en todo el mundo es la respuesta a una serie de derrotas.
Con el jiu-jitsu hay que empezar por el nombre, porque el nombre es la mitad del lío. Jūjutsu, judo y jiu-jitsu brasileño no son tres artes independientes: son tres cortes en la misma línea, y cada corte lo hizo alguien que tenía un problema distinto que resolver.
Qué era el jūjutsu de verdad
Jūjutsu se traduce mal como «arte suave». Literalmente es «el arte de vencer cediendo»: jū es lo flexible, lo que no se opone. Lo definió así en 1888 el mejor testigo posible —Jigorō Kanō, que había estudiado en dos escuelas antiguas antes de fundar el judo— cuando lo presentó por escrito a los occidentales de Tokio: parecido a la lucha inglesa, pero con un principio distinto, no oponer fuerza a fuerza sino vencer cediendo a ella.
La imagen que lo explica es la que cuenta la escuela Yōshin-ryū sobre su propio fundador, un médico de Nagasaki. En una nevada vio que el pino, que se mantiene erguido, se rompe bajo el peso; y que el sauce, que cede, deja caer la nieve y no se rompe. Llamó a su escuela «la escuela del espíritu del sauce». Es una historia probablemente inventada, pero explica el principio mejor que cualquier definición.
Y era un arte de trabajo, no una filosofía: el jūjutsu era lo que un samurái usaba cuando se quedaba sin arma o con un arma corta frente a una larga. En 1888 Kanō enumera sin adornos las formas de ganar que contenía: tirar al suelo con fuerza, estrangular, inmovilizar contra el suelo o la pared, y torcer brazos, piernas o dedos hasta que el otro no lo aguante. Aparte iban dos especialidades que se enseñaban en secreto: el atemi, golpear para lesionar o matar, y el kuatsu, el arte de reanimar al que se ha quedado sin sentido. Por el kuatsu se cobraba, y el alumno juraba no contárselo ni a sus padres.
Cuidado con la historia oficial de cualquier arte marcial
Merece la pena detenerse aquí, porque afecta a todo lo que se cuenta en esta sección. El propio Kanō, cuando se puso a escribir la historia de su arte, se topó con que no había manera de escribirla: apenas libros impresos, cientos de manuscritos de escuela contradictorios entre sí, y una explicación que él da sin ninguna diplomacia — los fundadores de escuelas nuevas se inventaban la historia para que les conviniera, y el conocimiento se transmitía como secreto «para darle apariencia sagrada».
Eso, de un maestro hablando de su propia tradición, en 1888. Cuando en un gimnasio te cuenten un linaje milenario, ya sabes qué probabilidad tiene de ser verdad.
El nombre se va de viaje y el arte se queda
Con el fin del sistema feudal, el jūjutsu se quedó sin clientes. Los samuráis dejaron de existir como clase y el arte, en palabras de Kanō, «estuvo fuera de uso durante un tiempo». Lo que lo salvó fue reinventarlo como educación física — y de ese giro sale el judo.
Pero pasó otra cosa a la vez, y de ella sale todo lo demás. A partir de 1900, con Japón convertido en potencia tras ganarle una guerra a Rusia, lo japonés se puso de moda en el mundo entero, y docenas de maestros salieron a vivir de ello. Fuera de Japón usaban la palabra que el público reconocía —jiu-jitsu—, aunque casi todos venían del Kōdōkan, la escuela de Kanō. Así que durante décadas «jiu-jitsu» significó, en la práctica, judo enseñado por alguien que estaba lejos de casa.
Uno de esos hombres fue Mitsuyo Maeda, que entró en el Kōdōkan en 1897 y llegó a 4.º dan, y que recorrió Estados Unidos, Europa, Cuba, México y Perú peleando en teatros bajo el nombre artístico de Conde Koma. Al Kōdōkan aquello no le gustaba nada: su norma permitía los combates mixtos «para investigar», pero prohibía pelear por dinero. A Maeda le congelaron los ascensos: hizo 5.º dan en México en 1912 y esperó diecisiete años el siguiente.
Brasil, 1915: dinero, prensa y racismo
Maeda llegó a Belém do Pará, en el Amazonas, a finales de 1915, y el periódico local anunció que su compañía ofrecía 5.000 francos a quien fuera capaz de ganarles. En 1916 abrió escuela en el Teatro Moderno para la élite de la ciudad.
El terreno estaba preparado, y no de forma inocente. El jiu-jitsu había entrado en Brasil en 1905 por la Marina, como método de educación física moderno, en un momento en que la élite brasileña buscaba en Japón un modelo de país que se moderniza. Y entró compitiendo con la capoeira, a la que esa misma élite asociaba con la esclavitud y la delincuencia.
Que quién ganaba importaba menos que quién lo contaba lo demuestran los dos combates famosos. En 1909, en un teatro de Río, el capoeirista Francisco Cyríaco ganó al japonés Sada Miako y la prensa lo convirtió en héroe nacional — pero solo después de reescribirlo como «mestizo», porque un campeón negro no le servía a la élite que lo estaba jaleando. En 1915, en Belém, el japonés Satake ganó sin dificultad a otro capoeirista, y el periodista que había defendido la capoeira publicó una disculpa admitiendo que había caído, «como la mayoría de los brasileños de su clase», en el embrujo de la capoeira de calle. La misma prensa, seis años y un resultado más tarde.
Entre los alumnos de Maeda en Belém estaba un chico de una familia venida a menos, hijo del dueño de un circo: Carlos Gracie. No hizo cinturón negro ni pasó por la pedagogía del Kōdōkan; aprendió una mezcla, y se la llevó a Río hacia 1920 junto con algo que valía más que el cinturón: los apellidos y los contactos de una familia de la élite de Río.
Lo que explica el sistema entero
Aquí está el dato que hay que retener, porque es el mecanismo. Durante los años treinta los Gracie se dedicaron a desafiar en público a los japoneses que había en Brasil, y perdían mucho. De pie no tenían nada que hacer: los japoneses eran mejores proyectando. Así que cargaron el juego en el suelo, que era donde la diferencia se estrechaba. Ese es el origen del jiu-jitsu brasileño: no una elección estilística, sino una respuesta a que te tiraran al suelo una y otra vez.
El resto del proceso son cinco décadas de lo mismo, con el estado nacionalista de Vargas y la prensa detrás. El punto más alto y más bajo a la vez es el combate de Hélio Gracie contra Masahiko Kimura en el Maracaná, en 1951: Kimura, campeón japonés absoluto, lo tiró con osoto-gari una y otra vez, le pasó el juego de suelo en el tercer asalto y le puso un ude-garami — la llave que desde entonces lleva su nombre. Carlos tiró la toalla para salvarle el brazo a su hermano. La prensa brasileña lo vendió como victoria moral, y funcionó.
Después vinieron el ostracismo bajo la dictadura de 1964 —que adoptó judo, por alineamiento con el ejército estadounidense—, la emigración de la familia a Estados Unidos en los ochenta, y el 12 de noviembre de 1993 el torneo que Rorion Gracie montó en Denver para demostrar una tesis: el primer UFC, que ganó su hermano pequeño Royce, el más flaco del cuadro. De ahí sale la expansión mundial del jiu-jitsu brasileño, incluida su vuelta a Japón, donde hoy hay brasileños enseñando a japoneses una versión de lo que fue su propio arte.
Qué se lleva de aquí el Krav Maga
- La conciencia del suelo, no el juego de suelo. El programa incluye caídas, defensa desde el suelo y salir de debajo de alguien, porque una agresión real acaba en el suelo con enorme frecuencia. Lo que no hace es buscar el suelo: el programa lo dice en la ficha de proyecciones —el suelo es del otro, tú te quedas arriba— y la razón es que en la calle no hay un solo agresor ni una sola superficie.
- Las llaves y estrangulaciones, con su límite. El repertorio de luxaciones y estrangulaciones del programa es jūjutsu clásico, sin más. El límite también viene de ahí: una llave necesita tiempo y un punto de apoyo, y por eso este sistema las usa para soltarse y salir, no para someter.
- La lección de método, que es la más valiosa. Los Gracie se hicieron buenos en lo que peor les iba, después de perder en público y por escrito. Eso es exactamente lo contrario de lo que hace casi todo el mundo, que entrena lo que ya se le da bien. Si en el examen hay algo que se te da mal, ahí está la información.
Y una nota sobre el nombre, para cuando te la encuentres: «jiu-jitsu» sin más apellido no dice nada. Puede ser una escuela clásica japonesa, puede ser judo de antes de la guerra, o puede ser el deporte brasileño de suelo. Son tres cosas distintas con tres preguntas distintas detrás.
- Thomas Lindsay y Jigorō Kanō, Jiujutsu: The Old Samurai Art of Fighting without Weapons, Transactions of the Asiatic Society of Japan, vol. 16, 1889. https://archive.org/details/jiujutsuoldsamu00kangoogLeído ante la sociedad el 18 de abril de 1888. Es el fundador del judo explicando de primera mano qué era el jūjutsu, qué escuelas había y por qué la literatura del ramo no es de fiar. De dominio público.
- José Cairus, Modernization, nationalism and the elite: the Genesis of Brazilian jiu-jitsu, 1905-1920, Revista Tempo e Argumento, vol. 3, n.º 2, Universidade do Estado de Santa Catarina, 2011. https://www.redalyc.org/journal/3381/338130377006/html/Acceso abierto. La llegada del jiu-jitsu a Brasil documentada con prensa y archivo, sin la versión de la familia.
- José Cairus, The Gracie Clan and the Making of Brazilian Jiu-Jitsu: National Identity, Culture and Performance, 1905-2003, Tesis doctoral, York University, Toronto, 2012.La única historia académica del jiu-jitsu brasileño de este alcance. De aquí sale el dato que explica el sistema entero: los Gracie cargaron el trabajo en el suelo porque de pie los ganaban los japoneses.
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